Historia

Cuatro siglos de ópera

El siglo XVII: el periodo barroco y los comienzos de la ópera

La ópera nació en Italia a finales del siglo XVI. Un grupo de músicos e intelectuales florentinos, la Camerata fiorentina, estaban fascinados por la antigua Grecia y se oponían a los excesos de la música polifónica renacentista. Los miembros querían revivir lo que se creía que era la simplicidad de la tragedia antigua. La primera ópera que todavía hoy se representa fue La Favola d'Orfeo (La leyenda de Orfeo), compuesta por Monteverdi en 1607, hace ya más de 400 años. En las primeras óperas, la intención era hacer música subordinada a las palabras. Así pues, estaban formadas por recitativos sucesivos con un pequeño acompañamiento instrumental y marcadas por interludios musicales. Después de Florencia y Roma, Venecia se convirtió rápidamente en el centro de la ópera. En esta ciudad se abrió en 1637 el primer teatro privado de ópera, lo que llevó el género a un público más amplio. La ópera se extendió por toda Europa, y en 1700 los centros operísticos principales fueron Nápoles, Viena, París y Londres.

 

El sigo XVIII: Bel canto y reforma clásica

Dos formas operísticas se desarrollaron durante el siglo XVIII: la ópera seria y la ópera buffa. La ópera seria se centraba en la tragedia y se inspiraba a menudo en la mitología. Las partes solistas principales solían ser cantadas por los castrati. Ariodante de Handel (1735) es un ejemplo de ópera seria. Por otro lado, la ópera buffa, cómica, presentaba una serie de personajes ordinarios y argumentos más ligeros. Los roles principales los interpretaban los tenores o bajos. Un ejemplo de este estilo, que apareció a comienzos del siglo XVIII, es Las bodas de Figaro de Mozart (1779).

Mientras que las primeras óperas se esforzaron en  reforzar el papel de las palabras,  a finales de la época barroca todo giraba entorno el bel canto. Este "hermoso canto” dio primacía al virtuosismo vocal. En reacción opuesta un estilo más simple, en el que el texto y la música estaban más estrechamente aliados, prosperó a partir de finales del siglo XVIII. En las óperas clásicas, el canto sirvió a la idea dramática, y no al revés. También se utilizaron coros y conjuntos para subrayar el carácter colectivo de las emociones humanas. Christoph Willibald Gluck inició esta reforma (Ifigenia en Tauris, 1779), que luego influenció a muchos otros compositores.

 

El siglo XIX: Verdi y Wagner, el siglo dorado de la ópera

Con el auge de los nacionalismos, distintas tradiciones se desarrollaron en diferentes países. La era romántica se inició con las obras del compositor alemán Carl Maria von Weber  (Der Freischütz, 1821; Oberon, 1826). El género mezclaba rasgos serios y cómicos, absorbiendo aspectos de la música sinfónica, con temas derivados de la vida contemporánea o historia reciente. Richard Wagner revolucionó el mundo de la ópera durante la segunda mitad del siglo XIX, desde El holandés errante (1843) hasta Parsifal (1882) y la tetralogía de El anillo de los Nibelungos (1869-1876). Wagner juntó música, drama, poesía y puesta en escena en lo que llamó “drama musical”. En sus óperas, la orquesta pasó a ser parte de la trama, y usó frecuentemente el leitmotiv, un tema musical ligado a un personaje, evento o idea.

En Italia, la voz siguió siendo predominante. La tradición belcantista perduró con fuerza, combinada con personajes y temas de la ópera buffa. Los ejemplos son: El barbero de Sevilla de Rossini (1816), Norma  de Bellini (1831) o El elixir de amor de Donizetti (1832). Guiseppe Verdi fue el mayor compositor del siglo XIX italiano. Con su estilo apasionado y vigoroso, compuso obras en las que el gran espectáculo iba de la mano de las emociones más sutiles (La Traviata, 1853, Aida, 1871).

En Rusia y en Europa del este, se desarrolló una tradición propia inspirada en la historia (Boris Godunov, Mussorgsky, 1869-1874) o en la literatura nacional (Eugene Onegin, Tchaikovsky, 1879). En Francia, la “Grand Opéra”, con grandes efectos escénicos, acción y ballet. También la “Opéra Comique”, en la que se incluyen diálogos recitados, fue muy popular (Carmen, de Bizet, 1875) en dicho país.

 

El siglo XX: el auge de los individualismos

Los comienzos del siglo XX siguieron las tendencias de finales del XIX. Puccini fue el mayor compositor italiano de ese tiempo, con obras como Tosca (1900), Madam Butterfly (1905) o Turandot (1926). Otras óperas famosas de esa época fueron Pelleas y Melisande de Debussy (1902), Salomé de Strauss (1905) y La zorrita astuta de Janacek (1924).

Más adelante, aparecieron obras más bien individuales, y no tanto enmarcadas en grandes tendencias generales. Las óperas de Alban Berg (Wozzeck, 1925; Lulu, 1937) contrastan con las de Kurt Weil, inspiradas en el jazz y música popular (La ópera de tres centavos, 1928). Benjamin Britten compuso tanto óperas “tradicionales” como Peter Grimes (1945) como óperas de cámara.

 

El siglo XXI: una partitura todavía para escribir...

Hoy la oferta operística es más variada que nunca. La puesta en escena se ha convertido en un elemento clave en las nuevas producciones. Las grandes obras del repertorio se reinterpretan constantemente y todavía tienen mucho éxito. Estas óperas se presentan junto a obras nuevas y otras de más antiguas redescubiertas. En este sentido, la ópera está en constante evolución para ser disfrutada por el mayor número de público posible.